martes, noviembre 21, 2006

Compré una botella de Glenfidich porque en el año que pasé con él no me costó averiguar que era lo único que bebía.

La compré dos semanas antes de nuestro encuentro para que cogiera polvo, y pareciera usada y no comprada para la ocasión. Se me ocurrió que era mala idea que estuviera entera y a morro bebí un chorro. Nunca me ha gustado el whisky, de ninguna clase, y por eso tiré un cuarto de botella por el fregadero y me quedé tan feliz. Coloqué la botella en el mueble bar y recordé: un solo hielo.

Habíamos quedado a las nueve, pero apareció cuarenta minutos tarde. Yo estaba acostumbrada, le conocía bien, así que no me molesté ni le reprendí. Muy al contrario, le abrí la puerta con una sonrisa estudiada, que no fuera fría, pero que tampoco transmitiera demasiada expectación.

La cena fue un compendio de recuerdos de viejos amantes, regada con vino y halagos hacia mi cocina. Nada que saliera de lo normal. De hecho me sentía optimista. Y después de tiramisú y el té sencha japonés, él se recostó en el diván; y yo iba a acercarme, pero recordé la botella de Glenfidich. Me acerqué al mueble bar y levanté la botella con una sola mano y aire triunfante: "¡Con un solo hielo¡". A él se le torció el gesto, ni siquiera se molestó en disimularlo.

Ya no bebía. Pero eso no era todo, a esa primera confesión, todavia sin importancia se le sumaron miles. Resulta que ya no era el hombre que apenas dormía cinco horas, no era el tipo que me pedía cocktails a las cuatro de mañana de un martes, no era el que me volvía loca en la cama, no era aquel que nunca se levantaba antes de las tres los domingos, no era el que no dudaba en pegarme un portazo en la cara cuando me ponía demasiado chillona, no era el que prefería regalarme discos viejos a flores, no era el que olvidaba mis horarios, no era el que fumaba ausente en el balcón mientras yo divagaba sobre mi día... Sencillamente, no era aquel.

La noche pasó de interesante a sorprenderte, y pocos minutos más tarde, sencillamente tediosa. Aquel hombre, exactamente con el mismo aspecto con el que discutía porque quería comprar una freidora,... aquel ahora solo comía alimentos ecológicos y bebía leche de soja. Era miembro de un club ecologista y practicaba yoga. Creia en la fidelidad, y en la sinceridad y en la jodida paz mundial. Escuchaba Bramhs cada noche y se había olvidado de jugar al poker.

Aquella noche me serví un Glenfidich, con un solo hielo. Me lo tomé asomada al balcón, ignorando toda aquella patraña. Y mientras bebía el primer whisky de mi vida, me alegré de seguir siendo la misma.

martes, noviembre 07, 2006

Alergia de Lunes

Dicen que es al polvo de la ropa. Lo más lógico sería pensar que todo comenzó porque me cubrí con aquella manta que había estado guardada más de siete meses, acumulando el polvo que provocó un colapso en mi organismo. Podría ser eso, y no voy a discutir con un doctor que ha perdido tantos años irrecuperables de su vida estudiando para decirme eso mientras observa mis ojos hinchados, pero aquí digo lo que me da la gana, y sinceramente, yo creo que es alergia de lunes.

No de un lunes cualquiera no, de esos lunes de otoño. Te despiertas y sientes el frío esperandote más allá de tu edredón. Te pasas el día trabajando, ocho horas dicen... pero si las cuento seriamente, a mi me parecen doce. Esperas hasta seis minutos, mientras te cae agua fría sobre los pies a que el calentador empieze a funcionar. Has cambiado las ensaladas de la cena, por un bol de crema de verduras. La cocina huele a apio y genjibre... el olor culinario de la antesala del invierno.

Te sientas en el sofá (cubriendote con esa manta que hace siete meses que has tenido guardada acumulando el polvo) y descubres, con decepción, que los programas otoñales de la tele, son de la misma ínfima calidad que los de verano. Descubres que estás más cansada de lo habitual y que se te está atascadando la voz, que el alcohol ya no sabe a euforia, como un viernes... sino que tiene un poso amargo de melancolía. Es noche de lunes de otoño y solo te queda para consolarte una taza de chocolate caliente.

Así que empiezas a estornudar, y se te hinchan los ojos, no paras de llorar, te pica el paladar y no puedes respirar, casi ni por la nariz ni por la boca. Te pica la piel y te salen ronchones rojos, los mosquitos supervivientes de este clima cambiante, aprovechan el desconcierto para cebarse en ti. No ves nada, tus ojos parecen golpeados con saña de boxeador, todo te sigue picando, oyes zumbar a un mosquito, pero como no ves nada, no puedes hacer lo suficiente para deshacerte de él.

Los médicos dicen que tengo alergia al polvo de la ropa. Pero el polvo de la ropa ha sido lo más inofensivo para mi en un lunes de otoño.